IDIOMA

Buscar este blog

ERES 👁 EL VISITANTE #

LA ROSA SUCIA - Cuento sobre Resiliencia

Esta historia ocurrió en la ribera de Rosales, Colombia, un valle magnífico donde las flores parecen desafiar la imaginación con sus tamaños y fragancias. En este paraíso, el norte se viste de aguamarina, el sur se baña de rojo, el oriente de verde y el occidente de un celeste profundo. Un manantial desciende desde las montañas bajo el "Copito de Nieve", nutriendo árboles frutales que convierten a Rosales en un lugar del que nadie quiere marcharse.

Al acercarse el invierno, la comunidad de Rosales se prepara con júbilo. Para estos seres, el agua es vida y canto; al bañarse, sus cabelleras se entrelazan y, al chocar sus brazos, entonan una ronda ancestral:

"Ha pasado el rocío... llegó la temporada que tanto anhelaban.

Con cada gota, tus hojas crecerán; con cada lluvia... ¡tu tallo se fortalecerá!

¡Plas! ... ¡plas! ... crecerán tus hojas.

¡Plas! ... ¡plas! ... tomarán agua.

¡Plas! ... ¡plas! ... un tallito fuerte.

¡Plas! ... ¡plas! ... hojas y tallo verde."

En el sur de la ribera vivía la familia de la abuela Rosa, la matriarca. Habitaban un ranchito rojo con ventanas construidas de pétalos y una campana que anunciaba cada llegada. Allí, su nuera Rosalba la acompañaba, le cocinaba y la cuidaba porque ya estaba muy anciana. mientras criaba a tres jóvenes: Rosmeri, Rosmira y Romelia. Pero, como en todo jardín, la perfección es subjetiva.

De Rosmira nació una pequeña con pétalos rotos y algunas motas oscuras. Los vecinos, con crueldad, la apodaron "La Rosa Sucia". Sin embargo, su madre y sus tías la llamaban “Rosita” o “princesita”. Rosita era una criatura singular: su rostro y rodillas tenían la redondez de una rosquilla, y su piel mostraba un color incierto, una mezcla entre el rosa pálido y un rojo que aún no terminaba de despertar.

Durante su infancia, el mayor deseo de Rosita era rodar en su tabla improvisada, era una sensación que la despelucaba, removía sus entrañas, pero díganme a quien no le gusta las aventuras, les cuento que al final terminaba toda envuelta y embarrada.

Al crecer, Rosita desarrolló una rutina inquebrantable de lunes a viernes: al despertar, rociaba las rosas de la ribera, colgaba la ropa y luego ayudaba a sus padres a romper grandes rocas en el patio.

Pero el estigma la perseguía. Al salir al pueblo, las burlas sobre su "suciedad" la enfurecían tanto que regresaba a casa gritando, encerrándose en su habitación para llorar.

Fue entonces cuando sus padres activaron el "Plan B". Con el tiempo, Rosita notó que los pedazos de piedra que antes yacían olvidados en el patio empezaban a cobrar vida bajo sus manos. Lo que comenzó como un desahogo para su ira se convirtió en una obra de arte. Sus manos, antes torpes por el enojo, ahora esculpían con delicadeza. Aquellas rocas eran rubíes en bruto que, una vez tallados, serían el sustento de la familia.

Viajaron a la capital para exhibir su obra. Los espectadores quedaron asombrados por la belleza de las piezas. Ese día, Rosita comprendió que su fuerza no residía en la furia, sino en su capacidad de transformar la dureza de la piedra en algo eterno. Sus padres le explicaron que, con cada golpe de cincel, sus pétalos se unían y sus brazos se fortalecían; Descubrió que la ira no es algo que se deba cargar, sino algo que se rompe y se transforma. En ese silencio de piedra y polvo, Rosita encontró su propósito: esculpir la belleza que otros no podían ver en ella.

En una primavera especial, ocurrió algo magnífico. Rosita despertó y, al mirarse en el reflejo del agua, descubrió que era totalmente roja. Sus gritos de sorpresa despertaron a todos en casa. Sus padres, entre carcajadas de alegría, le revelaron el secreto de la familia: así nacían las mujeres de su estirpe. La supuesta "suciedad" era solo el preludio de la madurez.

Esa noche, reunidos a la mesa, elevaron una plegaria por la paz en Colombia. Su abuela, su madre y sus tías compartieron sus propias historias. Todas habían sido llamadas "sucias" en su juventud: desde la bisabuela Rosa hasta la madre de Rosmira.

A la bisabuela Rosa “La Rosa Sucia”;

A su abuela Rosalba “Rosalba la sucia”

A sus tías; “Rosmeri la sucia” “Romelia la sucia”

y a su madre “Rosmira la sucia”

Comprendieron que llamar a las niñas "princesitas" era una forma de protegerlas hasta que descubrieran su propio rubí interno en medio de un mundo lleno de injusticia y crítica.

En su repisa, Rosita colocó un mensaje que solo comprendió plenamente cuando aprendió a leer con el corazón: "Rosita no estaba sucia; la paz se rompe cuando discriminamos". Esas letras representaban la resistencia y la resiliencia que mantenían vivo al sur de la ribera.

Rosita se convirtió en una maestra escultora, exportando los rubíes más hermosos de la región. Se enamoró de Ricardo y juntos trajeron al mundo a una nueva criatura: Rita. La abuela Rosa falleció a los 99 años, pero antes de partir, les dejó un último legado: "La ira y el enojo no se reciben; se rompen".

Hoy, los Rosales siguen unidos. No importa la estación, permanecen juntos como una fuerza que, entre espinos y cardos, mantiene su color rojo radiante al llegar a la madurez. Rita, ahora adolescente, sigue la rutina de lunes a viernes: rocía las rosas, toma el cincel y golpea la roca. El ciclo de la creación continúa, y aunque no sabemos qué forma tendrá su primera obra, estamos seguros de que será otra joya nacida de la resistencia.

AUTOR: Angie Saray Reza

ESCRITORA CREATIVA

Descarga y práctica en casa, Tema: Resiliencia